Mayo, junio… y el intento de no derrumbarse

Sobrevivimos al virus.
Pero no salimos ilesos.
Todavía arrastramos secuelas — físicas, emocionales, invisibles.

Desde mayo hasta ahora pasaron demasiadas cosas.
Y, sinceramente, todavía no termino de procesarlas todas.

Mi esposo cambió de trabajo. Y ahora, va a cambiar otra vez.
Porque cuando el cansancio es mucho y la paga es poca… no hay cuerpo ni alma que aguanten.
Y yo intento acompañarlo desde acá. A veces con la voz, otras con el silencio.
Pero siempre fingiendo estar un poco mejor de lo que en realidad estoy.
Porque no quiero sumarle más peso mientras maneja.
Porque cuando vuelve, tampoco quiero que cargue con mi tristeza.
Aunque esté ahí.

Tuvimos reunión con las maestras de mi hijo.
Me hablaron de retraso madurativo, de dislexia.
Yo lo miro, lo escucho, lo conozco.
Y siento que hay algo que todavía no están viendo del todo.
Estoy tratando de no caer en la angustia y enfocarme en acompañarlo, como lo necesita, como se merece.

La nena parece tener piel sensible, así que ahora vivimos entre cremas, pomadas y mil cuidados más.
Y está en esa etapa de dejar los pañales… a su ritmo.
Un día dice “listo” y corre feliz al baño.
Al día siguiente, ni se le cruza por la cabeza.
Y yo respiro hondo. Y espero.

También se nos incendió (casi) el auto.Dos semanas parado, consecuencias del casi incendio. No es que yo lo use,pero los fines de semana es indispensable tenerlo funcionando.

Otra vez, ajustar todo para que la rutina no se venga abajo del todo.
Intentamos seguir con lo de siempre: escuela, básquet, robótica…
Y mientras tanto, todo se tambalea.
Pero seguimos.

Estamos en vacaciones de invierno, intentando encontrar el equilibrio.
Buscamos que el más grande pueda disfrutar sin sentirse opacado o afectado por la pequeña.
Salimos con él y un amiguito un día, otro día con su primo, sin la hermana…
Son momentos valiosos, pero la verdad es que no estoy lista para que estas vacaciones terminen.
Siento que todavía necesito tiempo para recargar, para respirar, para estar un poco mejor conmigo misma.

Yo… no estoy bien.
No lo digo mucho. Casi nunca, en realidad.
Pero hay días en los que no me quiero levantar.
Días en los que me siento desbordada, triste, sola.
Días en los que no puedo con ellos.
Ni con ella. Ni conmigo.

Y sin embargo, cada día me levanto.
Aunque sea para fingir.
Para armar la versión más fuerte de mí que puedo mostrar.
Porque alguien tiene que seguir.
Porque alguien tiene que sostener.
Porque alguien tiene que hacer como si todo estuviera bien.

A veces pienso que si pudiera parar, aunque sea un día…
No para desaparecer. Solo para no tener que demostrarle al mundo que estoy entera.

Pero no se puede.

Así que acá estoy.
Tratando de ser yo… en medio del caos, la crianza, la tristeza, y los pañales.
Esperando que lo malo pase.
Esperando volver a encontrarme conmigo.
Y mientras tanto… resistiendo.

Y aunque todo me pesa, sé que esto también va a pasar.
Porque no hay tormenta eterna. Y porque todavía tengo amor, aunque a veces no me alcance para mi.




Comentarios

Entradas populares